ManosHablaremos de pareja para referirnos a la relación afectiva, más o menos formalizada, que mantienen dos personas en un espacio determinado de tiempo.

Una relación de pareja, especialmente cuando se mantiene a largo plazo, pasa por distintas fases. En todas ellas, es necesario que vayamos adaptándonos a los cambios que el concepto de la misma va requiriendo y que sus miembros, por tanto, modifiquen aquellos hábitos y comportamientos para que la relación se pueda mantener en el tiempo.

La primera es conocida como ENAMORAMIENTO. Es una etapa caracterizada por una felicidad y euforia máxima, donde el mundo se vuelve de color de rosa, la persona que tenemos a nuestro lado es la más maravillosa y no concebimos los días sin saber nada del otro. Es como si se parara el tiempo y solo existieran ellos dos.

La atención que se prestan es constante y continua, el deseo de estar juntos no hace más que crecer, las discusiones a penas tienen cabida y, si las hay, rápidamente encuentran la forma de solucionarlas. Todo son planes para hacer en pareja.

Es una etapa donde la pasión y el deseo se viven muy intensamente y las relaciones sexuales son muy numerosas. Es la fase más pasional del proceso amoroso. Es todo tan idílico en esta fase que no vemos los defectos o las diferencias que tenemos con el otro, pues en este punto únicamente se ven aquellos aspectos que tenemos en común, lo que hace que la unión se refuerce aun más y nos preguntemos cómo es posible que hayamos pasado tanto tiempo sin esa persona a nuestro lado. Se llega incluso a idealizar a la otra persona percibiéndola como insustituible y creyéndonos incapaces de encontrar a nadie como él/ella.

Sin embargo, es una etapa que aunque puede ser muy agradable para ambos y en la que todo parece funcionar sobre ruedas, hay que tratar de tener los pies en la tierra y buscar un equilibrio entre pasar tiempo juntos y respetar la individualidad de cada uno. Buscar este equilibrio requiere esfuerzo pero, si no se trabaja y no se busca, podemos caer, desde bien temprano, en una relación de dependencia donde dejamos de tener nuestro propio espacio dentro de la pareja para pasar a depender de la otra persona para todo. Hay que dejarse llevar, pero siendo equilibrados y racionales. No hay que perder tampoco la manera de ser de cada uno por complacer o cumplir las expectativas del otro. Está claro que queremos gustarle, pero sin tener que perder nuestra esencia.

Es una fase en la que es bastante común mentir a la otra persona diciendo que somos de determinada manera o que nos gustan determinadas cosas, sin embargo, crear esta falsa personalidad, simulando algo que no somos, lo único que puede ocasionar son frustraciones y dificultades futuras. Por tanto, tratemos de gustar, sí, pero sin dejar de ser nosotros mismos.

Pasados los 6 u 8 meses iniciales, esa euforia de la que hemos estado hablando se vuelve más sosegada y va disminuyendo poco a poco. Perdura hasta los 18 o 30 meses según cada pareja, aunque una vez alcanzado ese tiempo, esa fogosidad desaparece dando paso a un amor más calmo y racional.

Nos encontramos ahora en la fase de NOVIAZGO. Es la que sigue al enamoramiento y la que precede a la convivencia, por lo que es importante en esta fase que la pareja llegue a entenderse y consolidarse correctamente para que el paso a las posteriores sea más fácil y llevadero.

Esta etapa, dependiendo de cuándo se forme la pareja y de la situación en la que ambos estén (estudios, trabajos, familia…) puede prolongarse más o menos, retrasando o avanzando la fase de convivencia. Por ejemplo, una pareja que se conoce al inicio de la universidad, puede tardar más en poder ir a vivir juntos porque necesitan primero acabar la carrera, encontrar un trabajo estable, etc. Sin embargo, si una pareja se conoce cuando cada uno ya tiene un trabajo y mayor estabilidad, ésta puede ser muy corta y prácticamente pasar del enamoramiento a la convivencia e, incluso, en la fase del enamoramiento iniciar ya la convivencia. Evidentemente, esto variará de una pareja a otra, no obstante, comentaremos igualmente todas las fases y lo más característico de cada una de ellas.

En el Noviazgo siguen habiendo conductas altamente gratificantes, como resultado de la unión, pero comienza a notarse más la autonomía de cada uno. Digamos que se pasa de ser dos en uno, a ser dos personas claramente diferenciadas dentro de la relación. El tiempo que se dedican el/la uno/a al otro/a disminuye, empiezan a salir, bien juntos o por separado, con los amigos de cada uno de ellos. Entra en juego la familia: presentaciones de las respectivas, eventos familiares como cumpleaños, comidas, fechas importantes… Por lo que se pasa a contextualizar la relación más allá del tú y yo a ampliarla a todos los ámbitos de la persona.

Aunque la relación ya no es tan pasional y fogosa, sí que sigue habiendo deseo por ambas partes. Asimismo, se continúan teniendo conductas altamente gratificantes: ir al cine, pasear, salir a cenar, quedar para tener sexo… Son planes que ambos realizan gustosamente y que al ser todos ellos positivos y de ocio, siguen afianzando su unión y dejándose conocer en más contextos y situaciones, por lo que la relación va consolidándose con más fuerza. Ambos se sienten seguros y confiados estando juntos, ya no sienten tanto miedo a tener una discusión. Van mostrándose más como son y exponiendo sus puntos de vista y opiniones, aun siendo distintos a los del otro. Disfrutan de este mayor conocimiento mutuo.

Pero, ¿qué ocurre cuando esto no se vive como estamos explicando? ¿Qué pasa si en vez de volvernos los dos algo más independientes solo es uno de nosotros? ¿Y si solo compartimos los amigos y la familia de uno? ¿O si sigo aparentando una personalidad que encaja con el otro pero no como yo soy en realidad? Pues ocurre que empezamos a poner los grilletes de nuestra propia cárcel y, lejos de ir formando una sana relación de pareja, lo que hacemos es caer en una relación de dependencia.

Empezamos a ver cosas en el/la otro/a que no nos gustan, que no encajan con nosotros y con lo que esperamos de una relación de pareja, pero creemos que no es importante, que con el tiempo cambiará y se amoldará a lo que en realidad queremos. Por tanto, en una fase donde descubrirnos de verdad, donde vemos virtudes pero también reconocemos defectos y somos más conscientes para poder hablarlos y trabajarlos, la persona dependiente los va dejando pasar, tratando de adaptarse al otro en todo momento y esperando inconsciente y conscientemente que algún día se dé cuenta de todo lo que está haciendo por él/ella y cambie.

Nos adaptamos al otro por miedo, por miedo a no tener cubiertas alguna de nuestras necesidades (afecto, seguridad económica, estabilidad familiar…) y, por evitar que nos suceda eso que tanto tememos, establecemos este tipo de relaciones tan poco sanas: bien sea implicándonos hasta la médula, exigiendo atención constante, pidiendo continuas muestras de afecto, haciendo todo lo que es mejor para el otro aun cuando no es mejor para nosotros… O bien poniéndonos una coraza y aparentando una frialdad y una falta de compromiso en la relación creyendo así tener mayor control sobre ella y sobre nuestros sentimientos para que, si en algún momento las cosas van mal, seguir aparentando que llevamos el control, que somos fuertes y que no nos afecta. En el primer caso estaríamos hablando de Dependencia Afectiva, mientras que en el segundo de Desapego y, aunque en este curso nos centraremos en el primero, no hay que olvidar que son dos caras de la misma moneda, es decir, dos estilos diferentes de manifestar unas mismas necesidades.

relaciones-pareja-fasesTranscurrida la fase de noviazgo, entramos en la CONVIVENCIA. Suele ser una fase muy esperada por los dos miembros de la pareja, fase que acogen con muchísima ilusión y alegría. Empezar a buscar una vivienda, compararla con otras, elegir la zona, los muebles, etc., puede generar cierto estrés pero suele ser un período que se vive muy felizmente al considerarlo su primer gran proyecto juntos.

Al inicio de la convivencia las cosas suelen funcionar perfectamente. Todo implica novedad y suele ser un momento en el que la pareja se siente reforzada y más unida por lo que están construyendo juntos.

En esta etapa del amor, empiezan a destacar aspectos más psicológicos del proceso como la negociación de roles dentro de la pareja, la solución de los primeros conflictos, el aumento del compromiso de lealtad… que, si no se trabajan bien, las discusiones por las tareas domésticas, el estrés del trabajo, las diferencias entre los roles que adopta cada uno, la distribución del tiempo de ocio, las reuniones con amigos y familiares, el empleo del dinero… pueden generar malestar en la pareja y empezar con las primeras diferencias ya irreconciliables, especialmente si lo que hemos ido forjando durante el noviazgo es una relación de dependencia.

Por tanto, hay que tener en cuenta que dado que es una fase que puede durar siempre, hay que comprender que habrá momentos difíciles en los que será importante que la pareja sepa mirar en la misma dirección y tratar de ponerse en el lugar del otro. Será oportuno trabajar la comunicación, la negociación y la resolución de conflictos para que, cuando lleguen momentos difíciles, se tengan herramientas y recursos para poder hacerles frente y que la relación se vea afectada lo menos posible. Sin embargo, todos esos recursos que decimos están carentes en la persona dependiente. No porque no los tenga, sino porque no hace uso de ellos o, más bien, el uso que hace no es el adecuado, lo que lejos de ayudarle a ella misma y a su relación, hace que siga teniendo la sensación de que ésta se le escapa de las manos, cada vez se parezca menos a lo que hubiera deseado y lejos de sentirse feliz, la ansiedad empieza a hacerse patente y el miedo a que la dejen hace que siga aceptando todo lo que el otro quiere.

En esta fase donde la AUTOAFIRMACIÓN ha de hacerse más patente, aunque bien es cierto que lo ideal sería que estuviera durante toda la relación, cada vez lo hace menos. Es decir, como pareja es muy importante compartir aficiones y momentos juntos, pero igual de importante es hacerlo por separado. Realizar actividades independientes como salir cada uno con sus amigos y amigas, practicar algún tipo de deporte… favorecerá a que ambos tengan tiempo para ellos mismos y puedan sentirse libres dentro de la relación. De hecho, mantener el espacio personal de cada uno, lejos de apartarte del otro, lo que hace es unirte más a él/ella. Sentir que cada uno tiene su vida, además de la que juntos comparten, refuerza el sentimiento de unión entre los dos al basar la relación en el respeto y el bienestar de cada uno. Hay que desarrollar la capacidad de compromiso y aceptación. Si uno de los miembros de la pareja tiene baja autoestima, inseguridades, falta de confianza… esto de pasar tiempo separados puede generarle mayores inseguridades y refugiarse en la irracionalidad de perder al otro (dependencia). Al ganar fuerza sus miedos, puede tratar de retener a la pareja privándole de su libertad, terminando por convertir la relación en una cárcel. Es, por tanto, muy importante conocerse a uno mismo y tratar de trabajar estas inseguridades para ganar en confianza individual y por supuesto, ver estos resultados en la unión.

Se dice que “cuanta más libertad me das, más me acerco a ti”, y en este caso así es. Poder estar con una persona que te respeta, que confía en ti, que te entiende y no invade tus espacios y tu individualidad, es estar con una pareja madura y comprometida con ella misma y con la relación, por lo que estar junto a esa persona, será mucho más satisfactorio y sano.

Con el paso del tiempo, y sobre todo durante la convivencia, también crecen los proyectos comunes, por lo que llegamos a una nueva fase, la de COLABORACIÓN. Pueden ser proyectos de muy diversa índole, desde laborales, como crear una empresa juntos, hasta familiares, como la decisión de tener hijos. Éste último, tener hijos, es el más común en la mayoría de parejas, así que será en el que profundizaremos.

Cuando ambos deciden optar por tener hijos, la pareja tiene un nuevo aliciente y vuelve a reavivarse. Quedarse embarazados, comprar todo lo necesario para el bebé, preparar su habitación, etc., hace que la pareja sienta de nuevo la sensación de tener una unión más fuerte entre ambos, por lo que vuelven a pasar por momentos de mayor intimidad y cercanía afectiva. Sin embargo, cuando se ha ido construyendo una relación de dependencia, aunque la persona dependiente también lo pueda sentir así, una parte de ella lo vive también como una forma de mantener unido al otro, creyendo así que con un hijo de por medio, será más difícil que la relación se rompa y, por tanto, que permanezcan juntos para siempre, por lo que vive una época un poco más calmada en cuanto a ansiedad, porque vive en esa falsa tranquilidad de “así estaremos juntos para siempre”.

Cuando los hijos llegan, las obligaciones se multiplican y a veces resulta muy complicado cumplir con todos los quehaceres y dedicarse tiempo para ellos como pareja. Van dejándolo para el último lugar y priorizan todo lo demás, por lo que el dependiente empieza de nuevo con las exigencias y el malestar emocional que esta situación le genera y, lejos de vivir esa etapa idílica y sosegada que esperaba, la falta de tiempo para uno mismo y la ausencia en las expectativas que esperaba del otro, no hacen más que desestabilizarlo más y sumirlo en una gran tristeza difícil de llevar.

Es muy bonito tener hijos pero no hay que olvidar lo que significa ser pareja por el hecho de habernos convertido en padre o madre. Hay que reorganizar la vida familiar y de pareja para que ambas tengan cabida y ninguna tape a la otra. Es momento de volver a priorizar, de reestructurar la relación y de llegar a acuerdos para que ambos estén satisfechos y puedan adaptarse a los nuevos cambios, algo que, con dependencia emocional, resulta prácticamente imposible realizar sin la ayuda necesaria.

Una vez los hijos han crecido y empiezan a desligarse del núcleo familiar para formar su propia vida y también su propia familia, llegamos a la fase del NIDO VACÍO.

Es una fase en la que nos podemos encontrar con diferentes situaciones. Por una lado, muchas parejas se dan cuenta que durante años han sido más compañeros de piso que pareja. Si bien aparentemente siguen unidos, ese vínculo hace tiempo que ha dejado de existir. Han compartido preocupaciones, el cuidado de los hijos, los gastos… y han seguido unidos para hacer frente a todo ello, sin embargo, esa unión no ha sido más que la de dos compañeros que se han ayudado frente a las adversidades pero que hace tiempo que han dejado de ser pareja.

Por otro, nos encontramos con parejas a las que les desestabiliza el que los hijos dejen el hogar familiar. Es momento de volver a reestructurar la unión y sus prioridades, para adaptarlas a este nuevo cambio. La edad de cada uno ha ido aumentando y sus intereses y valores son diferentes a los que tenían al principio de la relación, no les atrae lo mismo ni con la misma intensidad que antes, por lo que deberán tener esto en cuenta para determinar cuáles son estos valores y adaptarlos al nuevo momento vital. En cambio, hay otras que lo viven intensamente porque pueden volver a gozar de mayor intimidad y tienen menos preocupaciones y obligaciones con la marcha de los hijos. Viven esta fase como una segunda juventud donde poder reconectar con su pareja y dedicarse más tiempo a ellos mismos, tanto de manera individual como conjunta. Pero, ¿puede vivir algo así la relación que se ha basado en la dependencia para seguir adelante? No, de ninguna manera. Ahora que ya no tiene a sus hijos para centrarse en ellos, las carencias del dependiente vuelven a hacerse más intensas y, si bien había podido ir sosegándolas con los hijos, al estos ya no estar en casa vuelven a dirigirse a la pareja, por lo que empieza otro período de malestar más intenso entre ambos. El miembro dependiente puede sentirse más solo que nunca y pretender que su pareja le devuelva la felicidad y le aparte de esa sensación de soledad pero, incluso llegando a hacerlo, para el dependiente nunca será suficiente porque esas carencias parten de su propio ser, por lo que no pueden ser llenadas por el cariño del otro, han de hacerse desde dentro, desde uno mismo, para llegar a la verdadera sanación. Así pues, las personas dependientes pueden pasarse su vida al lado de otra persona que no las hace felices pero que esperan que en algún momento llegue a hacerlo y así, esperando del otro lo que han de darse por ellos mismos, la vida se les va.

Puede que haya personas que no se sientan identificadas con estas fases y ello no tiene nada malo. Si bien para cada pareja puede ser distinto, suele ser habitual que muchas de ellas pasen por cada una de las mismas. Con cada etapa se crean nuevas condiciones, tanto personales como provenientes del exterior, a las que tanto de manera individual como en pareja tenemos que tratar de adaptarnos para poder hacerles frente y superarlas saliendo reforzados. Así, cada fase nos aporta un aprendizaje vital y un enriquecimiento personal que nos permite seguir creciendo como individuos a la vez que fortalecemos la relación.

¿Sabrías identificar en qué fase te encuentras?

De nuestro Curso Online “DEPENDENCIA EMOCIONAL: LA GRAN CARGA

CIARA MOLINA
Psicóloga Emocional 
Máster en Dirección de Recursos Humanos
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