Captura de pantalla 2021-02-24 a las 10.34.38Que tire la primera piedra quien no haya albergado resentimiento o rabia alguna vez en su vida. Tendemos a quedarnos atrapados en malestares que no facilitan que podamos transcender esa negatividad, afectándonos incluso hasta a nivel físico.

Es común encontrarme en terapia a pacientes muy cargados de dolor emocional, resentimiento, rabia, ira, desprecio u odio, hacia situaciones o personas por las que se han sentido profundamente dañadas. Estas emociones acaban por arraigarse tanto en ellos que se ven afectados todos los niveles de su vida. Por lo que nos convertimos en las principales víctimas de nuestro propio odio. Lo cuál me recuerda a un sabio cuento sufí titulado “La prisión del odio”. El cuento narra la historia de dos hombres que habían compartido injusta prisión durante largos años. Los maltratos, las humillaciones y los insultos estaban a la orden del día. Afortunadamente consiguieron salir libres de allí y se volvieron a reencontrar pasados unos años. Al verse uno de ellos le preguntó al otro: ¿Alguna vez te acuerdas de los carceleros?. A lo que el amigo contestó: No, gracias a Dios ya lo olvidé todo, ¿y tú?. La respuesta fue contundente: Yo continúo odiándolos con todas mis fuerzas. El amigo lo miró por un instante con ojos compasivos y le dijo: Lo siento mucho por ti. Si eso es así, significa que aún te tienen preso.

Cada persona es responsable de sus propios sentimientos, independientemente de lo que nos hayan hecho, en nuestras manos estará el poder de transformar ese dolor en aprendizajes que ayuden a nuestro crecimiento personal. Lo cual no quiere decir que haya que aceptar o compartir lo que ha pasado, sino que se trata de un cambio de percepción de lo vivido que nos permite apaciguar el daño emocional. En definitiva, con el perdón se busca encontrar la paz que deseamos para nuestra vida, sentirnos aliviados y liberados del peso que supone, y entender las situaciones dolorosas como oportunidades de crecimiento, toma de consciencia y desarrollo de la compasión. El perdón será por tanto, una cuestión de actitud, la máxima expresión del amor, es la liberación absoluta, entendiendo por liberación el hecho de no sentirnos esclavos de nuestras palabras y sentimientos, favoreciendo de esta manera que el cuerpo no se enferme.

Usemos una analogía para entender de una forma sencilla lo que el perdón hace en nosotros si no conseguimos alcanzarlo. Imaginemos que alguien nos clava un alfiler provocando así la aparición de una herida, si nos los sacásemos en el momento, una vez desinfectada, iría cicatrizando poco a poco. En cambio, si en vez de sacarnos el alfiler decidimos dejarlo dentro nuestro, con el paso de los días la herida se irá infectando, provocando un daño mayor en nuestro organismo. Aún será peor si nos siguen clavando alfileres, ya que iremos sumando piedras a esta montaña de malestar.

Emociones desagradables como la ira, el resentimiento, la aflicción, el rencor, el desengaño y la amargura provocan estrés en la persona y acaban repercutiendo sobre la salud. Lo mismo pasa con el sentimiento de culpa cuando uno no se perdona a si mismo.

Al recordar un episodio de desesperanza o agravio aumenta la presión arterial, el pulso y el tono muscular. Del mismo modo que al perdonar o sentirse perdonado, conseguimos un equilibrio saludable que nos hace sentir calmados y tranquilos. Varios son los profesionales de la salud que afirman que personas que han padecido dolores de espalda, insomnio, pérdida de apetito, dolores de cabeza, náuseas, entre otros síntomas, dejaron de sentirlos tras haber perdonado.

El perdón, por tanto, representa dejar a un lado los pensamientos negativos que dañan nuestro cuerpo. Vivir con odio y resentimiento nos repercute en nuestra personalidad y la forma de relacionarnos con los demás. No debemos dejar que el dolor nos haga ser lo que no somos.

El psicólogo Robert Enright impulsor de la TERAPIA DEL PERDÓN afirma que “Perdonar no es lo mismo que justificar, excusar u olvidar. Perdonar no es lo mismo que reconciliarse. La reconciliación exige que dos personas que se respetan mutuamente, se reúnan de nuevo. El perdón es la respuesta moral de una persona a la injusticia que otra ha cometido contra ella. Uno puede perdonar y sin embargo no reconciliarse, como en el caso de un/a esposo/a continuamente maltratado/a por su compañero/a.”.

Cuando el daño que hemos recibido nos hace sentir injustamente tratados y no somos capaces de canalizar todo ese dolor emocional, es aconsejable buscar apoyos o ayuda profesional que nos acerquen a encontrar la paz interior. ¿En qué consiste la Terapia del Perdón? La conforman seis etapas:

  1. Análisis y Reconocimiento del daño sufrido.

El primer paso hacia el perdón consistirá en darse cuenta y reconocer que nos han hecho daño. Reconocernos en el dolor y el sentimiento de haber sido tratados de forma injusta, no desde el resentimiento y la rabia, sino desde la aceptación de que las cosas han sido así y estamos enfadados por ello. Una vez reconocido tomaremos cierta distancia sobre lo sucedido tratando de ser lo más objetivos posible en el análisis de las circunstancias.

  1. Elegir perdonar.

Una vez pasada la fase anterior, debemos tener claro si queremos perdonar o no, ya que no es algo que nos venga impuesto o sea obligatorio, sino que es una decisión personal. Permanecer en el rencor hará que nos acompañe un sentimiento negativo con el que nos sentiremos incómodos.

  1. Proceso Cognitivo.

Se trata de dirigir los pensamientos que acompañan al perdón. Pensaremos en la persona como un todo, es decir, no sólo nos vamos a centrar en el daño que nos hizo, sino que trataremos de ver la situación como un todo. El objetivo de ver la situación de una manera amplia nos permite ver si hemos cometido un error al interpretar lo acontecido, o a entender que circunstancias le han podido llevar a ello. Cuando realmente estemos seguros de lo que estamos pensando, pasaremos a transmitirle esos pensamientos a la persona que nos ha hecho sentir el daño.

  1. Proceso Emocional.

Al ser capaces de sanar el pasado habremos aprendido una lección importante desde el punto de vista del desarrollo personal, quitando un gran peso que nos aprisionaba. Aceptaremos el sufrimiento y la rabia como emociones que emergen del dolor, y al dolor como parte de la vida para seguir evolucionando, consiguiendo de esta forma encontrar de nuevo el equilibrio emocional.

Tan importante es saber lo que significa el perdón, como saber lo que no significa. Identifiquemos entonces qué es lo que no implica el perdón:

  • Reconciliación, si no se desea.
  • Olvidar lo que ha pasado.
  • Justificar un mal comportamiento.
  • Resignarnos con lo que ha ocurrido.
  • Negar el dolor que nos ha provocado.
  • Minimizar lo sucedido.
  • Dar la razón a lo que pasó, aprobarlo.

Algunas veces la fuente de nuestro resentimiento está bastante oculta, ni nosotros mismos sabemos bien que es lo que nos sucede y donde empezó este dolor. Una buena manera de indagar de dónde nos viene tanto dolor es anotar diariamente los sentimientos que tenemos, ver como reaccionamos ante las situaciones que nos producen malestar y tratar de sacar conclusiones del porqué nos sentimos así. Podemos ayudarnos de preguntas como ¿qué me hizo enojar tanto? ¿Me identifico en otras situaciones similares? ¿Mi reacción ha sido justificada? ¿Qué pensamientos pasaron por mi cabeza? Etc.

Pero el perdón no solo hay que saber concederlo también hay que saber pedirlo. En este procedo de pedir perdón comenzaremos analizando lo que ha sucedido, evaluaremos las circunstancias, motivos y emociones implicados en el daño que hemos hecho y de las consecuencias que ha supuesto. Para pedir realmente perdón debemos partir de un arrepentimiento sincero, no solo dicho con palabras, sino acompañado de acciones que lo confirmen. La secuencia adecuada sobre CÓMO PEDIR PERDÓN la encontramos en:

  1. Reconocer que lo que hemos hecho o dicho causó un daño a la otra persona. Esto supone un acercamiento con la otra persona, entender que puede haberle hecho sentir, dejándole expresar libremente su sentimiento.

  1. Sentir de corazón el dolor del otro. Debemos tratar de empatizar, ponernos en su lugar, esto facilitará que sintamos lo que él/ella siente ante nuestro agravio.

  1. Analizar nuestra propia conducta. A través de la comunicación asertiva intentaremos explicarle por qué lo hicimos, y esto nos acercará algo más al perdón y la reconciliación. Aún y así si la persona ofendida no quiere dárnoslo lo tendremos que aceptar.

  1. Definir la estrategia a seguir para que no vuelva a ocurrir. Tratar de definir un plan de acción para que no vuelva a suceder lo mismo y comentarlo con la otra persona, hará que haya cierta negociación y nos podamos comprender mutuamente. Este plan puede estar dirigido a mejorar las debilidades propias que han propiciado el daño.

  1. Pedir perdón explícitamente a la otra persona. Debemos demostrar que no son palabras que se las lleva el viento, sino que realmente estamos comprometidos con solucionar el malestar ocasionado.

  1. Restituir, en la medida de lo posible, el daño causado. Siempre debemos tratar de restituir la ofensa, de forma que ambos podamos transcender el dolor y seguir con nuestra vida de una manera armoniosa.

“¿Quieres ser feliz un instante? Véngate. ¿Quieres ser feliz toda la vida? Perdona” (Henri Lacordaire, Fraile Dominico).