Cómo-aprender-a-escuchar-Imagina que tu hijo/a vuelve a casa más tarde de la hora pactada, y cuando le preguntas qué ha pasado, se limita a decirte que nada y se mete en su habitación coartando así cualquier opinión que puedas tener respecto a su comportamiento. Piensa ahora en ese/a alumno/a que en clase te ignora abiertamente y cuando intentas que participe o interaccione contigo, no consigues que lo haga.

¿Te resultan familiares estas situaciones?

Si eres padre/madre y/o profesor/a de adolescentes lo más probable es que más de una vez te hayas sentido impotente y frustrado/a por no conseguir comunicarte con ellos/as.

Cada persona es un universo distinto y no podemos saber a priori qué le sucede o qué siente, sino que tan sólo podremos intuirlo mediante la observación de su conducta, sin estar realmente seguros de tener razón hasta que ésta decida comunicarse. Pero, aunque no existan normas generales que se cumplan para todos, sí es universal la necesidad que tenemos de sentirnos comprendidos, de que empaticen con nosotros, así como de que no nos juzguen. Cuando eso sucede, solemos estar más receptivos a escuchar lo que tienen que decirnos, porque se ha creado el clima de confianza propicio para compartir qué nos preocupa, atemoriza, enfada, nos pone tristes, etc., quitándonos la coraza que nos hemos puesto para defendernos y que, a su vez, nos aleja de los demás.

Dicho esto, ¿CÓMO AYUDAR A NUESTROS ADOLESCENTES A APRENDER A ESCUCHAR?

  • En primer lugar, recuerda que, aunque empieces a tratarles como adultos, la realidad es que aún no lo son, sino que están aprendiendo a gestionar adecuadamente sus emociones y relacionarse con su entorno de una manera saludable. Tenerlo en cuenta te permitirá tener una idea más realista en cuanto a su comportamiento y requerirá de ti que desarrolles una mayor paciencia y empatía, utilizando tu sentido del humor, como mecanismo de defensa que relaje el ambiente, ante sus respuestas.
  • Por otra parte, no debes olvidar que tú eres su adulto de referencia, el espejo en el que mirarse, por lo que debes cuidar el lenguaje en el que les hablas y observar la actitud con que te diriges a ellos: ¿Te muestras agresivo/a cuando estás cansado/a o preocupado/a? ¿Si te contestan de mala manera, respiras hondo y te tomas tu tiempo antes de darles réplica o lo haces de manera impulsiva dejándote llevar por tu rabia? ¿Le hablas abiertamente de tu estado emocional para que entiendan que eres igual que ellos en cuanto a emociones se refiere?

La educación no es una práctica que se hace a ratos, sino que estamos educando en todo momento. Darles una charla acerca de los beneficios de tener una actitud positiva ante las dificultades, tolerante y respetuosa hacia los demás, si luego nos contradecimos con nuestras acciones no servirá más que para confundirlos y que no confíen en nosotros.

  • Las emociones se contagian, tanto las agradables como las desagradables. Eso significa que, si entras en casa/clase contento/a y muestras afecto en tu trato con ellos, tendrás una mayor probabilidad de que te devuelvan la pelota en los mismos términos, mientras que, si entras enfadado/a y quejándote por todo, lo más seguro es que no tardes mucho en tener el primer encontronazo con tus chicos/as. Recoges lo que siembras, así que procura sembrar lo que quieres recibir.
  • Como hemos dicho antes, cuidar el lenguaje con el que nos comunicamos es fundamental y muchas veces no somos conscientes del valor que tienen las palabras que utilizamos ni de los juicios que emitimos desde nuestras creencias. Así, si por ejemplo tu chico/a ha perdido la cartera o el móvil y no es la primera vez que le ocurre, no es lo mismo decirle “eres un irresponsable, está visto que no tienes arreglo”, que preguntarle “cómo se ha sentido ante lo ocurrido, hacerle reflexionar sobre su responsabilidad en ello y pedirle que proponga alguna técnica para prestar más atención y cuidado con sus cosas y que no le vuelva a suceder.
  • Para crear ese ambiente de confianza y que el adolescente se abra a ti, tus herramientas deben ser la empatía y la actitud de escucha activa y libre de juicios. Si compartes con ellos cómo te has sentido en situaciones parecidas a las suyas y les hablas de tus vivencias, demostrando cercanía y afecto, conseguirás esa complicidad para que puedan escucharte sin reservas.